|
|
Navegación
|
ARTÍCULOS
La magnitud de los objetos astronómicos Juan Luis Martínez Todo lo que “brilla” en el cielo nocturno es percibido por nosotros inmediatamente por su apariencia visual, que, en cierto sentido, no es más que lo que se nos revela desde nuestra posición muy subjetivaterrestre. Y no hay mejor ejemplo que el que nos ofrecen las estrellas. Para nuestros ojos, no son sino diminutos puntos fulgurantes, la gran mayoría de los cuales resulta casi imperceptible aún cuando empleemos algún tipo de ayuda óptica. Sin embargo, la realidad es que cada uno de esos puntos es tan inmenso, que nuestro propio planeta, que tan grande nos parece, no es más que un granito de arena al lado de aquellos colosos celestes. Aún la luz que nos llega de las estrellas no es más que una apariencia. Sin contar la increíble distancia que existe entre ellas y nosotros lo que provoca, de inmediato, que su verdadero tamaño se reduzca a tan insignificante proporción son muchos los factores que pueden interponerse en el trayecto: polvo interestelar (como, por ejemplo, nebulosas), otros cuerpos más cercanos y, lo peor de todo, la atmósfera de nuestro propio planeta. Uno de los recursos que ha inventado el ser humano para identificar las estrellas y conocer y estudiar el cielo nocturno ha sido un índice de clasificación una escala de magnitudes visuales aparentes basado en el grado o intensidad de luz que de éstas nos llega a la Tierra. Dicha escala nos facilita comparar y distinguir un astro de otro por su brillantez. Para el astrónomo aficionado, esta herramienta es imprescindible, pues nos anticipa si podremos observar un objeto celeste, ya sea a simple vista o con algún instrumento. Un poco de historiaHace más de 2100 años, en la Grecia del siglo II a.C., Hiparco compiló un catálogo que agrupaba alrededor de 1000 estrellas (visibles a simple vista, claro está), a las cuales organizó en seis categorías que llamó magnitudes. Las más brillantes algunas 20 fueron clasificadas como de primera magnitud; las menos luminosas, como de segunda, y así sucesivamente, hasta que todas las más tenues quedaron asociadas bajo la sexta magnitud. Este sistema iniciado por Hiparco se sigue utilizando en la actualidad, aunque con ciertas modificaciones. La más significativa de ellas que es la que continúa vigente fue introducida por Norman R. Pogson, un astrónomo inglés, en 1856. Percatándose de que se recibe cien veces más luz de una estrella de primera magnitud que de una de sexta (según dedujo, cincuenta años antes, el también astrónomo inglés William Herschel mediante su ingenioso método de medir, con mayor precisión, las magnitudes de las estrellas), y que, por ello, una diferencia de cinco magnitudes representa una razón de 100:1, Pogson propuso que el cambio de una magnitud a otra fuera la quinta raíz de 100 (1001/5), lo que equivale a 2.512 aproximadamente. Así pues, una estrella de quinta magnitud es 2.512 veces más brillante que una de sexta; una de cuarta magnitud es 2.512 más brillante que una de quinta y 2.5122 más que una de sexta, hasta llegar a una estrella de primera magnitud, que es 2.5125 veces más brillante que una de sexta. Diferencias en magnitud
Así nació la escala logarítmica de magnitudes que manejamos hoy en día. Hoy tampoco nos valemos de nuestros ojos, como hizo Hiparco, para establecer la magnitud de los astros, sino que utilizamos la fotometría (literalmente, la medición metría de la luz foto—) para obtener medidas continuas y precisas de la luminosidad de las estrellas. Usando un fotómetro, se calcula la intensidad de la luz que nos llega de determinado cuerpo astronómico. Dicha porción de luz produce cierta cantidad de corriente eléctrica, que, a su vez, se convierte en el valor de la magnitud. Actualmente, por ejemplo, Aldebarán, Capella, Arturo y Deneb, que antiguamente compartían la primera magnitud, ahora tienen magnitudes de 0.85, 0.08, -0.04 y 1.25, respectivamente. Sólo Spica, la estrella principal de la constelación de Virgo, es un lucero de primera magnitud (1.00). La adopción de esta escala también permite que existan objetos cuya magnitud reciba un valor menor a 6, e incluso, como en los ejemplos anteriores, magnitudes con valores negativos. Por eso es posible que Sirio, la estrella más brillante del cielo, tenga una magnitud de -1.46, que un planeta como Venus supere -4, que una Luna Llena tenga -12.73, y que el Sol resplandeciente brille a -26.74 de magnitud. Algunos objetos brillantes
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||